La simbolización en el proceso terapéutico: hacia la búsqueda de un sentido

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Conferencia Magistral en el Coloquio Internacional 2006 del Instituto De investigación en psicología Clínica y Social, A.C.: “Las múltiples caras del Símbolo”. México, D.F.

Cuando me comentaron el tema del coloquio de este año pensé: hablar de las múltiples caras del símbolo es hablar prácticamente de todo el psicoanálisis, en sus vertientes teórica y práctica. Así que había que recortar el material y el objeto de estudio., lo interesante a transmitir en un coloquio tan especial e importante como es.

Intentaré transmitir cuestiones que hacen a nuestra práctica cotidiana, con las dificultades que ésta praxis conlleva. Hablaremos de la interpretación del material simbólico, material que aparece en los sueños, en las fantasías, en los dibujos de los niños, en sus juegos, en los cuentos, en todo discurso que de un modo u otro se abre en el espacio transicional que intentamos que sea un proceso psicoanalítico.

 Pero cuando buscamos una interpretación a un contenido simbólico sea éste del tipo que sea, sabemos que estamos frente al quehacer más importante de nuestra clínica: otorgar un sentido diferente al que en principio el símbolo pretendía mostrar, ocultándose en el símbolo un contenido latente que nos resulta indispensable desenmascarar para llegar a una posible explicación de un síntoma, de una tipología de carácter o incluso de un cuadro psicopatológico concreto.

Insisto, una explicación, que nunca será la única explicación, porque no nos cansaremos de subrayar con Freud la sobredeterminación de todo fenómeno psíquico. Esa búsqueda de un sentido es el motor de nuestra actividad terapéutica, paciente y terapeuta, ambos trabajando conjuntamente en esa zona de entrecruzamiento entre la zona de juego de uno y otro. En esa zona intermedia, gracias a la transferencia de uno y otro lado, aparecerá una primera explicación, un posible intento de comprensión, un saber sobre lo que no se sabe.

Los inconvenientes o dificultades aparecen cuando algo de la vida psíquica del paciente no puede, ni pudo ser simbolizado. Esto ocurre cuando un  hecho en sí en la vida del paciente no pudo ser registrado en su aparato psíquico, bien por tratarse de una situación excesivamente traumática, o bien porque el sujeto aún no era sujeto, “no estaba allí para sentirlo”, como bien lo explica Winnicott en su artículo “El miedo al derrumbe”.

En este artículo Winnicott habla de agonías primitivas muy características de determinados tipos de patologías de corte narcisista, o incluso cierto tipo de psicosis, en quienes se puede apreciar cómo se debieron poner en marcha determinadas defensas contra esas experiencias agónicas vividas en la más temprana infancia:“lo que vemos en la clínica es sólo una organización defensiva”. (winnicott, pag.114)

El espacio terapéutico se convierte entonces en el lugar donde se espera que algo del orden de lo simbólico pueda aparecer, pueda dar un sentido a aquello que sucedió pero que el paciente no sabe que sucedió: “la única manera de “recordar”, en este caso, es que el paciente experiencia por primera vez esta cosa del pasado en el presente, vale decir, en la transferencia” (winnicott, pag.117) porque el paciente necesita recordar este derrumbe que ya sucedió en momentos muy tempranos de su vida. “Necesita recordarlo pero no es posible recordar algo que no ha sucedido aún, y esta cosa del pasado no ha sucedido aún porque el paciente no estaba allí para que sucediese”.

“La función esencial de lo simbólico es penetrar en lo desconocido y establecer, paradójicamente, la comunicación con lo incomunicable. El conocimiento parcial de esas verdades profundas se verifica por medio de los símbolos.”(Cirlot)

Cuando aparece lo simbólico?

 Melanie Klein, en “La importancia de la formación de símbolos en el desarrollo del yo” de; 1930, dice:… “Entonces el simbolismo no sólo constituye el fundamento de toda fantasía y sublimación, sino que sobre él se construye también la relación del sujeto con el mundo exterior y con la realidad en general.

He señalado que el objeto del sadismo en su punto culminante –y el impulso epistemofílico surge simultáneamente con el sadismo- es el cuerpo materno con sus contenidos fantaseados. Las fantasías sádicas dirigidas contra el interior del cuerpo materno constituyen la relación primera y básica con el mundo exterior y con la realidad. Del grado de éxito con que el sujeto atraviesa esta fase, dependerá la medida en que pueda adquirir, luego, un mundo externo que corresponde a la realidad. Vemos, entonces, que la primera realidad del niño es totalmente fantástica; está rodeada de objetos que le causan angustia, y en este sentido excrementos, órganos, objetos, cosas animadas e inanimadas son en principio equivalentes entre sí. A medida que el yo va evolucionando, se establece gradualmente a partir de esa realidad irreal una verdadera relación con la realidad. Por consiguiente, el desarrollo del yo y la relación con la realidad dependerán del grado de capacidad del yo, en una etapa muy temprana, para tolerar la presión de las primeras situaciones de angustia. Y, como siempre, también aquí es cuestión de cierto equilibrio óptimo entre los factores en juego. Una cantidad suficiente de angustia es una base necesaria para la abundante formación de símbolos y fantasías; para que la angustia pueda ser satisfactoriamente elaborada, para que esta fase fundamental tenga un desenlace favorable y para que el yo pueda desarrollarse con éxito, es esencial que el yo tenga adecuada capacidad para tolerar la angustia.”

Klein no detalla los factores que intervienen en la renuncia al cuerpo de la madre y en su pasaje al símbolo. La importancia de la voluntad paterna como determinante en la renuncia de lo pulsional y en la adquisición de la simbolización ha sido esencialmente señalada por Freud (1939) y luego desarrollada por Lacan.

Es realmente Lacan quien introduce en la teoría psicoanalítica la función simbólica. La idea de asignar una función simbólica a los elementos de una cultura (creencias, mitos y ritos) y de atribuirles un valor significante proviene de la antropología, luego es retomado por la lingüística y nuevamente  reformulado por la antropología estructuralista de Lévi-Strauss quien afirma: “los símbolos son más reales que lo simbolizado”. Lacan va a apoyarse sobre esta definición para construir su tópica de lo simbólico, lo imaginario y lo real; el inconsciente freudiano será así redefinido como el  lugar de una mediación comparable a la del significante en el registro de la lengua. El significante es la esencia misma de la función simbólica, laforclusión será el proceso psicótico por el que desaparece lo simbólico y El Nombre del Padre es el concepto por el cual la función simbólica se integra a  una ley universal: la prohibición del incesto. Mencionamos muy resumidamente esta conceptualización lacaniana porque nos parece crucial para comprender la función simbólica desde otra perspectiva, pero tan amplia que sería tema de otro coloquio.

Ejemplos para recapacitar sobre los procesos de simbolización que se ponen en marcha desde estadios muy tempranos de la vida y que pueden repetirse en situaciones de angustia no nos faltan en la clínica cotidiana, ni en la observación del crecimiento de los niños o ciertas producciones de los adultos (sobretodo en sueños)

El ejemplo del psicoanálisis clásico lo aporta Freud en “Más allá del principio del placer” cuando nos relata la observación de su pequeño nieto Ernest desde la cuna: para Freud, y para muchos de sus seguidores, en ese momento comienza el juego simbólico, la simbolización entra en juego y lo hace por una doble vía, por la vía del principio del placer, puro juego repetido, y por la vía del lenguaje: la posibilidad de poner palabras, de acompañar con palabras al juego abre una vía privilegiada para elaborar las situaciones de angustia. Una vía que cuando Freud la describe no hace más que poner énfasis en lo que venía apostando desde los comienzos de su práctica clínica: poner palabras a lo angustiante lo vuelve más jugable, y por lo tanto, menos angustioso.

Luego veremos que ocurre cuando falta la posibilidad de jugar la angustia porque falta la posibilidad de jugar o porque faltan las palabras que den cuenta de determinados hechos o circunstancias.

El niño juega con el carretel en un movimiento de alejarlo y acercarlo hacia sí mismo. Acompaña este juego repetitivo y placentero que intenta representar la ausencia de la madre con palabras Fort-Da (fuera y aquí).  El carretel ocupa el lugar del vacío que deja la madre, el niño juega desplegando su omnipotencia mágica, a traer y expulsar a la madre simbolizada por el carretel, esta posibilidad de simbolizar se refuerza con los significantes que dan cuenta en el universo simbólico donde el pequeño vive y se desarrolla de la acción de aparición-desaparición de la madre. Todo este movimiento de apertura hacia el jugar la angustia de separación de la madre se puede dar siempre que antes haya estado la madre. Parece una obviedad, pero no lo es, porque puede estar la madre, pero no mirar al hijo, en estos casos algo del orden de lo no simbolizable va a quedar atrapado, congelado, frío (diría Green) Primero vamos a intentar ver que ocurre cuando esto sucede, para después intentar ver cómo el juego del carretel se complejiza con el paso de los años y como se juegan ciertas angustias cuando reaparecen en el momento del pasaje adolescente.

Tiene que haber un equilibrio y tiene que haber una base yoica para tolerar la angustia: ¿Qué ocurre cuando ésta no está? Algo que podría ser simbolizado no lo está, queda atrapado en lo imaginario o en lo real. Recordemos lo que dijimos al hablar del miedo al derrumbe, ¿cuál es el devenir de las huellas mnémicas de estas experiencias precoces? Estas huellas, sometidas a la coacción de repetición, serán regularmente reactivadas y tenderán a ser reinvestidas alucinatoriamente. Al no tener un carácter representativo, lo escindido tiende a retornar en acto, con el riesgo de reproducir entonces el estado traumático mismo. Sólo la transferencia permite experimentar esa cosa pasada. Esa cosa pasada y venidera, que es entonces vivida en la cura “es el equivalente del recordar, y el resultado equivale al levantamiento de la represión en el análisis del paciente psiconeurótico (el análisis freudiano clásico)”. (Winnicott, pag.117)

Como las migrañas y desmayos de Guntrip cada vez que un colega, compañero o amigo se alejaba de su vida.

En su artículo “Mi experiencia de análisis con Fairbain y Winnicott”, Harry Guntrip nos relata, entre otras cosas, como un análisis continúa produciendo efectos terapéuticos aún habiendo acabado. Lo que nos remite a lo interminable del análisis, pero dejaremos la cuestión del análisis interminable para otro coloquio.

Después de mil sesiones de análisis con Fairbain durante diez años, y cerca de 150 sesiones con Winnicott durante seis años, habiendo sobrevivido a sus dos analistas, después de la muerte del segundo, y a través de un sueño, este paciente logra por fin recordar su agonía primaria privada.. No nos detendremos en los avatares de estos análisis, ni en el valiente artículo de este analista, (pocos analistas cuentan sus propias experiencias de análisis de un modo tan profundo) pero pondremos el acento en lo que a la técnica se refiere. “¿Que es la psicoterapia psicoanalítica?”, se pregunta Harry Guntrip al final de su texto. “Es, a mi juicio, el aporte de una relación humana afirmada y comprensiva que permite tomar contacto con el niño traumatizado, profundamente reprimido, y que hará al individuo capaz de vivir mejor, afirmado como estará en una relación real con la herencia traumática de los primeros años de formación, que se infiltra o irrumpe en la conciencia”. “El psicoanálisis no es una simple técnica interpretativa, sino un proceso interactivo, una función con dos variables, la personalidad de dos personas que laboran juntas para arribar a un crecimiento espontáneo y libre.”

Es impresionante la similitud entre este postulado de Guntrip y el célebre párrafo de Winnicott en “Realidad y Juego” donde dice: “¿Con que nos hallamos en una psicoterapia? Con dos personas que juegan juntas….Cuando el juego no es posible, el trabajo del terapeuta apuntará a conducir al paciente de un estadio en el que no es capaz de jugar, a otro en el que es capaz de hacerlo”.

Veamos esta cuestión de las defensas contra las agonías primarias, los efectos del derrumbe ya sucedido pero no simbolizado,  en algunos apuntes sobre otros casos y como se han podido desanudar, metabolizar, ser recordados, simbolizados y puestos en juego en el espacio del análisis.

Raquel

Raquel llega a la primera consulta con bastante retraso, no es su primer análisis, así lo anunció por teléfono, luego dirá “porque hice fracasar todos los demás intentos”; retrasada pero con prisas, teniendo que arrastrar un cargamento de bolsas pesadas y su propia cartera que más que una cartera es una mochila a punto de reventar. Llega agotada por haber corrido para no llegar tarde, no puede respirar por su agotamiento, está extremadamente obesa y tose. Se desparrama sobre el sillón frente al terapeuta que la observa, abre su mochila para buscar algo, empieza a sacar un montón de cosas: agua, comida, caramelos, pañuelos, papeles, hasta que aparece lo que buscaba, su paquete de cigarrillos, con el cigarrillo en la boca mira al terapeuta y pregunta: ¿puedo fumar? Antes de que se le pueda decir algo descubre la ausencia de cenicero y dice que le da igual, a escasos cinco minutos para que se acabe esa condensada e intensa primera entrevista dice: “todo me sale mal, no se hacerlo mejor, soy un fracaso”. “Podría haber llegado antes pero me las ingenié para llegar tarde, siempre me pasa lo mismo, aquello que me interesa lo estropeo, lo arruino, como si no me mereciera nada bueno”.

 –“Porque cree que no se merece nada bueno?”

 -“No sé, es así, nunca me tocó nada bueno, si hubo algo bueno se me acabó enseguida…”. (Estamos ante una profesional exitosa, tiene un hijo adolescente de un matrimonio anterior y una relación de pareja actual que teme que fracase en poco tiempo y por su culpa).

 -¿Hubo realmente algo bueno?”.

-“Supongo, no lo sé. Mis padres tuvieron que irse del país por cuestiones económicas y me dejaron con mi abuela cuando yo era muy pequeña…(silencio)

-“Por eso se merece que le salga todo mal, usted se comportó muy mal, hizo algo muy malo para ellos, o al menos eso creyó, desde entonces usted cree que merece ser abandonada, y cumple a rajatabla con ese mandato abandonándose por haber sido culpable de un delito que no cometió.”

Después de un profundo silencio lleno de intensa carga afectiva, aparece la angustia.

 –“Nunca lo pensé así, pero ya que lo dice tan claro es verdad, puede que yo me lo mereciera”.

“Merecer que?;

-“Que me abandonaran. ¿Puede darme otra hora?¿Me podrá visitar usted? Podré seguir viniendo?

-Cree que se lo merece o pretende venir aquí para encontrarse aún más culpable?

(Se había sentido culpable por llegar tarde, por el aspecto que tenía y por haber querido fumar en sesión).

-Ya me dijeron que usted era muy directo. Yo no soporto los silencios. (Hace ciertas referencias respecto a sus otros análisis y los silencios que se producían)

-No es porque le recuerden a sus otros analistas. No soporta los silencios porque simbolizan las ausencias de sus padres, se quedaba sola, sin poder ser escuchada por nadie. Posiblemente se angustiaba ya entonces y comía sin parar como parece hacerlo en la actualidad.

-La comida era muy importante en mi infancia. (Sus padres tenían una casa de comidas preparadas en el país al que emigraron) La comida simboliza , está en el lugar de los padres.

Estamos ante uno de los tantos casos que podríamos denominar clínica del derrumbe, si seguimos las ideas de Winnicott al respecto, o síndrome de la madre muerta, si seguimos las formulaciones teóricas de André Green.

Yo creo que ambas teorías son complementarias y muy útiles para pensar y para trabajar terapéuticamente en la clínica actual.

El complejo de la madre muerta es una revelación de la transferencia. Cuando el paciente se presenta ante el analista los síntomas de que se queja no son esencialmente de tipo depresivo.

Como señala Green, (p.209) \”no trata de las consecuencias psíquicas de la muerte real de la madre, sino de una imago constituida en la psique del hijo a consecuencia de una depresión materna, que transformó brutalmente el objeto vivo, fuente de vitalidad del hijo, en una figura lejana, átona, cuasi inanimada, que impregna de manera muy honda las investiduras de ciertos sujetos que tenemos en análisis y que gravita sobre el destino de su futuro libidinal, objetal y narcisista. La madre muerta es entonces, contra lo que se podría creer, una madre que sigue viva, pero que por así decir está psíquicamente muerta a los ojos del pequeño hijo a quien ella cuida\”.

La clave del trastorno se sitúa en la problemática narcisista, en la cual las exigencias del ideal del yo son considerables; el sentimiento de impotencia es evidente; tal como, impotencia para salir de una situación de conflicto; impotencia para amar, para sacar partido de las propias capacidades, para experimentar satisfacción profunda con los logros.

En el análisis de estos pacientes, la transferencia revela lo que Green denomina \”depresión de transferencia\”; una depresión singular que no se manifiesta en el comportamiento exterior. Lo que esta depresión de transferencia indica es la repetición de una depresión infantil, cuyo rasgo esencial es que se produce en presencia del objeto, él mismo absorbido por un duelo. La madre por alguna razón, se ha deprimido.

La variedad de los factores desencadenantes, señala Green (p.216) es muy grande. Entre las causas principales de esa depresión materna se puede relacionar la pérdida de un ser querido investido fuertemente por la madre. También se puede tratar de una depresión desencadenada por una decepción que inflige una herida narcisista, como un quiebre en la economía familiar, una infidelidad del padre que abandona a la madre, una humillación, etc.

 En todos los casos la tristeza de la madre y la disminución de su interés por el hijo se sitúan como centro del conflicto, produciéndose un cambio en la imagen de la madre. El amor se ha perdido de golpe.

Lo anterior implicaría una transformación en la vida psíquica del infante, ya que el duelo repentino de la madre desenviste al hijo y éste lo vive como una catástrofe que instala un núcleo frío, que a su vez deja una marca indeleble sobre las investiduras eróticas del sujeto en cuestión. El trauma narcisista constituye además de la pérdida de amor, una pérdida de sentido pues el bebé no dispone de explicación alguna para dar razón de lo que ha sobrevenido.

Después de que se ha aceptado la pérdida del amor de la madre, el hijo intenta una vana reparación de la madre absorbida por su duelo, lo que le ha hecho sentir su impotencia. El yo pondrá en práctica las defensas de diversa índole, tal como la desinvestidura del objeto materno y la identificación inconsciente con la madre muerta.

Sostiene Green (p.217) que de esta operación de desinvestidura de la imagen materna no se infiere ninguna destructividad pulsional; su resultado es la constitución de un agujero en la trama de las relaciones de objeto con la madre. En el caso de la identificación con la madre muerta, no hay reparación verdadera, sino mimetismo; como ya no se puede tener al objeto, el objetivo es seguir poseyéndolo deviniendo él mismo.

En la queja de los pacientes sobre las actuaciones de la madre, se vislumbra la sombra de su ausencia. Madre absorta, indisponible, sin eco, siempre triste. Una madre muda, aunque fuera locuaz. Cuando estaba presente, se mantenía indiferente.

La incapacidad para amar de estos pacientes, no obedece a la ambivalencia, -rasgo fundamental de las investiduras de los depresivos, es decir a la sobrecarga de odio-, sino en la medida en que lo primero es el amor helado por la desinvestidura.

 El objeto está en una suerte de hibernación, conservado en frío. Un amor hipotecado por la madre muerta.

Este núcleo frío, quema como el hielo y anestesia como éste, pero mientras se lo siente frío, el amor permanece indisponible. Como dice Green (p. 223), apenas se trata de metáforas. Estos pacientes se quejan de tener frío en pleno calor. Tienen frío bajo la piel, en los huesos, se sienten transitados por un estremecimiento fúnebre, envueltos en su sudario. Todo ocurre como si el núcleo helado del amor por la madre muerta no impidiera la evolución ulterior hacia el complejo de Edipo, de la misma manera como la fijación será sobrepasada después en la vida del individuo. En efecto, estos sujetos llevan una vida profesional más o menos satisfactoria, se casan y tienen hijos.

Por un tiempo, todo parece en orden, pero pronto la repetición de los conflictos hace que los dos sectores esenciales de la vida, amar y trabajar resulten unos fracasos: la vida profesional, aún cuando está profundamente investida, se vuelve decepcionante, y las relaciones conyugales llevan a perturbaciones profundas del amor, de la sexualidad, y específicamente de la comunicación afectiva. El amor es siempre incompletamente satisfecho. No debe de haber demasiado: demasiado amor, demasiado placer, demasiado goce; mientras que por el contrario la función parental es sobreinvestida. Sin embargo, esta función casi siempre está infiltrada por el narcisismo. Los hijos son amados a condición de que satisfagan los objetivos narcisistas que los padres mismos no lograron cumplir.

A lo largo del análisis de Raquel, aparecerán estas marcas o huellas de una verdadera falta de sostenimiento en la mirada de la madre. Esta mirada que sostiene y arma al sujeto, lo sujeta para que no se derrumbe, lo sostiene permitiéndole la entrada al mundo simbólico. Cuando algo de esta mirada falla, el proceso de simbolización también falla y va a ser tarea del análisis reinstaurar cierto orden simbólico que le permita al paciente dar un sentido a su vida y por lo tanto a sus actos, no convertir estos actos en una repetición sin sentido pero imposible de dejar de repetir.

En este caso la paciente se presenta ni bien comienza “hice fracasar los otros tratamientos”, “todo lo que comienzo fracasa”. Así lo vive y, muchas veces, así lo consigue. ¿Qué es esa fuerza interna imparable, compulsiva, que la lleva a repetir insaciablemente una serie de fracasos? A través de la transferencia lo iremos comprendiendo. Después de su sesión de presentación, continuaron otras donde íbamos pudiendo ver claramente esos significantes de rechazo que llevaba marcados en su inconsciente, el temor a que no la pueda atender, a no poder llegar a la hora, a no ser escuchada y su puesta en acto: sesiones a las que se ausenta sin avisar, sesiones a las que llega media hora tarde, sesiones a las que llega sin poder respirar de lo agitada que está. Durante mucho tiempo sigue llegando con sus bolsas de la compra y su mochila que bautizamos de Mary Poppins, porque sacaba un montón de objetos, siempre se hacía necesario sacarlos todos, desparramarlos, a lo mejor para llegar a rescatar del fondo un resto de agua de una botella de plástico. –“¿No le sería más fácil pedirme agua en lugar de hacer toda esta ceremonia?”, -“Si, pero corro el riesgo que me diga que no, que no me de agua”.

 El analista colocado en el lugar de esa madre que no da nada. La mochila Mary Poppins simbolizando una casa a cuestas para no tener que pedir nada a nadie, y con una trampa añadida: el médico le prohibió cargar peso. Por lo tanto se inflinge además un daño físico. No puede correr el riesgo de la frustración, antes de esperar y acaso tolerar la falta ella lleva todo consigo misma, como un objeto interno autocuidador que le garantiza los cuidados que una madre ausente, con la mirada en otro sitio, no le puede dar.

-“Nací en tiempos de miseria para mis padres. Mi madre no me quería tener. Ni bien pudieron se fueron al extranjero y me dejaron con mi abuela que acababa de enviudar.” Ni siquiera en la sustituta materna que los padres buscaron y en quien delegaron su educación, esta niña podía encontrar una mirada narcicizante, una complicidad alegre, un poco de ternura.

Con este tipo de pacientes el análisis y la revisión de la historia para encontrar esos agujeros simbólicos no es suficiente, también es necesario que el terapeuta se pueda colocar en un lugar materno, ofreciendo más holding, sostenimiento, incluso ofreciendo consejos o sugerencias. Insisto, en ese interjuego que es el análisis, dentro de ese espacio potencial, el paciente también podrá simbolizar, poner en palabras y afectos, aquello que hasta ahora sólo estaba en el desorden de una repetición mortífera. Para ello colocarse en un lugar materno en la transferencia no quiere decir hacer maternaje, la madre también tiene que poder estar ausente para que exista un vacío. Para comprender mejor esto siempre es útil comparar el discurso del adulto con el juego del niño.

El trabajo del juego no implica solamente esfuerzo, y por ende a veces displacer, sino que, por el contrario, si podemos permitirnos pensar que ese trabajo reúne el pensar con el gozar, o mejor, el esfuerzo con la satisfacción, nos aproximamos más a un ser en plena estructuración como lo es el niño. Lo que allí está implicado es la simbolización de una pérdida. La ausencia es lo que es displacentero y la simbolización hace presente el placer de la representación. El acto en sí, también como hecho psíquico, como acontecimiento, contiene el logro de una representación como triunfo sobre la ausencia. Y hablo del placer de la representación, que es lo opuesto a la angustia ante la no disponibilidad representacional, la angustia ante el fracaso de la simbolización. Lo cual, a su vez, no significa que ésa sea la única fuente de angustia; la sola emergencia del deseo ya despierta la “señal” que alude a la imposible realización.

 Entonces, penar y gozar, placer – displacer, es un modo de referirnos a la experiencia con el objeto (siempre perdido), y en su última instancia el espacio del trabajo psíquico, un trabajo sobre la ausencia.

Volvamos con Raquel, en la medida que pueda ir construyendo en su análisis los efectos mortíferos de la madre ausente, consigue empezar a dejarse cuidar, primero por el terapeuta, para luego extenderlo en su vida real: -“Ordené mi armario, hace más de cinco años que no lo hacía. Ordenar el armario me permitió hacer espacio para la ropa de mi actual pareja.” Antes se había quejado que su pareja no terminaba de quedarse en su casa con ella.

 –“¿Porque se quejaba de que él no quería quedarse si lo que ocurría es que usted no le hacía ni un hueco en su armario?” ¿Explicaría acaso esta falta de espacio la falta de relaciones sexuales?

 -“El no se excita conmigo porque estoy obesa!”.

 –“¿Y porque no hace dieta?”.

Este tipo de pregunta no parece pertenecer al orden de lo ortodoxo dentro del psicoanálisis clásico, pero cabría preguntarse si el llamado análisis clásico no se desvirtuó a sí mismo, dejando de lado este tipo de intervenciones que enfrentan al paciente con la realidad y lo confrontan con una transferencia donde el ocuparse, hacerse cargo del paciente tiene un lugar.

Hacer dieta significaba cuidarse, ella se había sentido siempre descuidada, así se descuidaba ella y seguía siendo fiel a su madre y a su abuela, continuaba inconscientemente con lo que a ella le había dejado su madre: el descuido.

La compulsión a la repetición en su vertiente más cruel: la pulsión de muerte.

Con 20 kilos menos después de comenzado su análisis, una relación de pareja más estabilizada y una notable mejora en su aspecto, la lucha contra ese espacio no simbolizado de su infancia continúa, con un sin fin de anécdotas clínicas que se escapan a este coloquio. La comida (como símbolo representante de los padres) ocupó un lugar interesante en su discurso, no la podía dejar porque dejarla significaba abandonar a la madre, con quien se había identificado para no perderla, revertir la situación que venía repitiendo hasta ahora: ser culpable a perpetuidad de un abandono que no podía metabolizar, procesar, digerir. En lugar de abandonar a los padres, abandonando ese comer compulsivo que sólo la llevaba a la destrucción y a la  queja permanente.

Cada tanto esta paciente me decía:-“ a nosotros nos falta mucho por trabajar, yo todavía no estoy bien”. Como una especie de demanda que estaba pidiendo no ser abandonada otra vez, que el terapeuta no la abandone.

Eva y Bea

Eva acude a su primera consulta con 23 años. Está totalmente vestida de negro, va totalmente negra: cabellos extremadamente tintados de negro, uñas pintadas, sombra de ojos. No se trata de un disfraz de fantasma, se trata de una manera suya de presentarse. Los pierciengs que atraviesan orejas, nariz y boca hacen aún más llamativa su presencia, su extremada necesidad de ser mirada. También se desparrama sobre su espacio, pequeña y delgada, parece desaparecer dentro del sillón.

Un extraño fenómeno de esos que sólo se dan en la clínica y adquieren significación a posteriori ocurre en ese momento. Se trata de fenómenos que dan cuenta de la comunicación entre el inconsciente del paciente y el del analista, muchas de estas anécdotas clínicas parecen poder explicarse del lado de lo parapsicológico o telepático. Insisto que se trata de situaciones que dan cuenta del espacio transicional que se genera en toda consulta psicoterapéutica, en este caso el terapeuta confunde su nombre y el lugar de llamarla Eva la llama Bea. La paciente se queda estupefacta y sorprendida y llora.

“Es ella quien me trae aquí, Bea. No puedo resistirla más, estamos condenadas a convivir y todo lo que hace me produce rabia, odio, ganas de matarla. Ella hace cosas para martirizarme, para que yo no pueda estar tranquila, para molestarme.”

Bea es su tía paterna. Conviven la abuela de Eva y madre de Bea, Bea y Eva. Tres mujeres solas de tres generaciones diferentes se mantienen unidas por un hilo conductor: la enfermedad y la muerte.

La madre de Eva, se queda embarazada en el mismo momento que se entera que es portadora de los anticuerpos del SIDA. Su compañero, heroinómano como ella, no acepta su primera idea de abortarla. (Esto luego se lo recuerda permanentemente a su hija) Ambos se van a vivir a casa de los abuelos paternos, donde también vive Bea, la hermana del padre. Cuando Eva tiene un año, muere su madre. Su padre dura hasta que ella cumple 14 años. Bea, la querida hermana del padre, mantiene una relación esporádica con el mejor amigo de éste, tiempo después comenta que no lo quería, que sólo quería contagiarse del virus mortal. Poco tiempo después muere el abuelo paterno.

Así es como quedan conviviendo las tres representantes de tres generaciones.

Esta es la historia que deja a estas tres mujeres viviendo juntas. Con la historia que trae Eva a sus espaldas, cualquiera podría pensar que tiene motivos de consulta y necesidad de tratamiento más que suficientes, pero para ella, su problema está en la convivencia con la tía y nada más.

Llega a decir que la muerte de los padres la tiene más que superada y que si te ocurre una cosa así desde pequeña no es eso lo que llega a aquejarte.

En el texto sobre la madre muerta que mencionamos anteriormente de Green, éste nos recuerda que son muy diferentes los duelos producidos por la madre muerta en la realidad que los producidos por la madre muerta tal como él conceptualiza  este complejo dentro de la serie de angustias blancas, o clínica de lo negativo.

En el mismo trabajo señala que las consecuencias de la muerte real de la madre son en extremo nocivas para el hijo que ella deja, pero no deja de subrayar que se trata de dos duelos diferentes.

En el caso de Eva, ambos duelos están unidos. Eva sufre, incluso antes de nacer, el rechazo materno primario. Desde su embarazo que su madre no quiere saber nada de ella, luego ella, identificada con esta madre, tampoco querrá saber nada de ella, de su propia madre. El padre corrobora esta falta de narcisización contándole desde pequeña a la hija que si no fuera por él ella no estaría en el mundo. Luego, la muerte real de la madre es forcluída por toda la familia paterna. Desaparecen sus fotos y lo poco que podía haber quedado de ella.

 Parte de su tratamiento pasó por recuperar esta madre, la madre real, podríamos decir que ella tenía interiorizada a la madre rechazante, la madre muerta aún viva, provocando en ella una patología del derrumbe permanente que intentaremos ver un poco más detalladamente. Pero también estábamos ante un duelo imposible de realizar respecto a la madre real muerta. Hasta tal punto la figura materna real había sido borrada de su historia que Eva no sabía el nombre de su propia madre y lo increíble es que ella se enteró de ese nombre gracias al trabajo terapéutico.  Después de varias sesiones y a pesar de sus grandes resistencias a hablar del tema, el terapeuta le preguntó el nombre de ésta y ella comentó:-“no lo sé, siempre se refieren a ella como tu madre”. (Además de intentar evitar el tema)

Al colocar todo el conflicto en Bea, ésta ocupa el lugar proyectado de la madre muerta interiorizada. Todo este intercambio objetal parece muy complicado y en efecto lo es, por eso la paciente presenta un cuadro tan frágil. Siguiendo a Green, tampoco es una depresión, pero es un estado sumamente frágil que se sostiene por la queja permanente contra esa Bea que no la deja vivir. El juego entre las tres letras no es casual como tampoco son casuales las discusiones especulares que ambas tienen.

El análisis, la puesta en orden de su propia historia que al principio aparece tan caótica y desordenada, le permiten a Eva ir construyendo una historia que le es propia, intentando poco a poco no ser esa madre desintegrada y borrada de la historia, pero que lleva para sí misma el estigma del rechazo absoluto.

También se pudo analizar el sentido de sus agujeramientos  y tatuajes por todo el cuerpo, marcas en lo real pero sobretodo, a niveles más inconscientes, actuaciones de esa madre internalizada, ella maltrata a su cuerpo.

El tema de los tatuajes, marcas y agujeros en el cuerpo es relativamente nuevo en la clínica psicoanalítica con adolescentes. Un tema que tiene que ver con marcas, huellas simbólicas que permanecen para siempre en lo real del cuerpo. Sabemos que el proceso de aceptación de un cuerpo propio y por lo tanto diferente y adulto es un tema central en la adolescencia, constituye uno de los duelos a procesar en estos momentos de la vida. Cada sujeto realizará este pasaje según pueda procesar el duelo por la pérdida del cuerpo infantil y aceptar sus cambios corporales. El fenómeno de los tatuajes y demás marcas que ciertos adolescentes realizan sobre sus cuerpos no puede reducirse únicamente a este proceso de duelo y aceptación.

Estos adolescentes no ignoran que los tatuajes son para siempre, que no se podrán borrar nunca, como si en ese espacio que es la piel quisieran dejar una huella indeleble, perpetua, permanente. (es interesante la película Memento, donde el protagonista padece después de un golpe, una enfermedad neurológica que le impide recordar: para seguir viviendo y realizar la búsqueda que lo llevará a encontrar al culpable de su mal, comienza a hacerse inscripciones en su propio cuerpo, es la única manera que tiene de poder recordar para siempre lo que le está ocurriendo; cuando no puede recordar entra en una situación de repetición mortífera, hasta que toma la decisión de tatuarse los acontecimientos en su propia piel)

Estos cuerpos tatuados, marcados y agujereados nos vuelven a remitir a las primeras relaciones del bebé con su madre, desde el inicio de la vida es la madre quien traduce o interpreta las necesidades del niño; en este permanente intercambio, una \”madre suficientemente buena\” dejará suficiente espacio como para que su bebé acepte su ausencia, pero no tanto como para que su ausencia se transforme en un verdadero agujero.

De este juego de ausencia y presencia, cuyas reglas y trampas están establecidas por los deseos de la madre y también por los deseos del padre, el bebé crea su espacio.   Con la categoría de espacio se hace una doble referencia: el espacio del propio cuerpo del niño, tiene \”permiso\” para ir habitando su cuerpo, explorando sus límites y posibilidades, Anzieu va a conceptualizar en las fronteras de ese espacio un esbozo de yo, el \”yo-piel\” y el espacio del afuera, con el que se irá relacionando, y descubriendo otros límites y posibilidades. Aquí es donde aparece el espacio transicional.  Siguiendo esta línea de pensamiento, las marcas en la piel aparecen como un objeto transicional desvirtuado en su fin, no pueden desaparecer. De manera un tanto ostentosa hacen pensar sobre cuerpos escasamente acariciados.

 Desde un discurso manifiesto lo hace llamativo y contestario, pero desde la realidad nos está mostrando un cuerpo que duele. Además del cuerpo tatuado y agujereado, a Eva le duele la cabeza, tiene migrañas. Como decía Freud en uno de sus textos a propósito del dolor físico: “es más fácil tolerar el dolor físico que el mental”.

Aquí tendríamos que abrir un enorme paréntesis para discurrir sobre esa otra forma que toma la simbolización en el cuerpo de algún hecho no simbolizable y que abre toda una explicación sobre los fenómenos psicosomáticos, pero debemos dejarlo para otro espacio. Tan sólo dejar apuntado que cuando Winnicott piensa en los síntomas psicosomáticos, los entiende como intentos de integración frente a experiencias de despersonalización. Estas están facilitadas por la existencia de escisiones básicas en la personalidad del tipo mente-psiquesoma y falso-verdadero self.

Para que esto haya ocurrido ha debido existir una inadecuación del medio en el período en que se producen los procesos de integración personalización-relación con la realidad objetiva e inicio del área transicional.

 Nos dice Green en su texto sobre la madre muerta que esta situación creada por la pérdida del  sentido determina un segundo frente de defensa: el desencadenamiento de un odio secundario, que no es ni primero ni fundamental, y que moviliza deseos de incorporación regresiva, pero también posiciones anales teñidas de un sadismo maníaco en que se trata de dominar al objeto, mancillarlo, vengarse de él. Todo esto lo hacía Eva consigo misma y con los demás, con Bea y con su abuela con quien también reñía permanentemente, pero sobretodo lo hacía con nuevas figuras que podían aparecer en su vida y que ella comenzaba a maltratar.

En cuanto a sus relaciones sexuales, la excitación autoerótica se instala por la búsqueda de un placer sensual puro, placer de órgano en el caso límite, sin ternura, sin piedad que se caracteriza por una reticencia en amar al objeto. Este es el fundamento de las identificaciones histéricas futuras. En una ocasión había conocido a un muchacho que le gustaba. Le gustaron sus primeros encuentros porque fueron exclusivamente sexuales, sexo puro y duro, pero Marcos quería saber más de ella: Eva solía asustar a sus partenaires o pretendientes haciendo una breve y contundente presentación de su historia: -“soy huérfana de padre y madre, ambos eran heroinómanos, mi tía se muere de sida y yo misma no se lo que quiero de este mundo”. No muchos chicos salieron huyendo….Pero Marcos comenzó a ser más insistente: -“este se está volviendo pesado, dice que me quiere! ¿Cómo me puede querer alguien a mí? La próxima vez que nos veamos le pediré que me haga daño para probar su amor…”

Según Green:”la procura de un sentido perdido estructura el desarrollo precoz de las capacidades fantasma ticas e intelectuales del yo”, en este sentido nuestra paciente cumple con los preceptos del complejo de la madre muerta, es extremadamente imaginativa y trabajadora, es una excelente diseñadora de joyas que ella misma realiza artesanalmente, puede triunfar tanto con su posibilidad creadora hasta que ella misma se corta los caminos que la llevan al triunfo, no se deja contratar por alguna firma que costee sus proyectos y así se boicotea su futuro económico, prefiere estar siempre en una situación precaria, consagrando sus esfuerzos a adivinar o anticipar lo que le pueda suceder, porque eso mismo le ocurría de bebé, de pequeña ha hecho la cruel experiencia de que depende de las variaciones de humor de la madre y de esta repetición le es muy difícil desprenderse.

Ante esta situación laboral, los altos y bajos de su actividad sublimatoria la hacen sentirse como perdida, sus quejas sobrepasan el terreno privado, su relación de doble con Bea. Ella comenta que Bea se aburre, hasta que se da cuenta que es ella la que entra en momentos de total aburrimiento y no duda en proyectar en los demás la culpa por estar aburrida. Son los amigos, la sociedad, los otros los aburridos que la aburren.

El aburrimiento es un síntoma cada vez más frecuente en nuestra cultura. A menudo se escucha a niños y/o adolescentes que se aburren, no saben que hacer. Desde el psicoanálisis se denomina a este tipo de estructuración como falso-self, como una forma particular de reacción frente al existir. En lugar de existir en su deseo, el sujeto reacciona adaptándose al medio, el coste de este re-accionar es la dependencia total y permanente de estímulos provenientes del exterior que lo ordenan para no desintegrarse.

El aburrimiento aparece desde esta perspectiva como una forma de estar en el mundo.  Si las cosas se complican mucho en la vida del sujeto, esta extremada  dependencia de estímulos externos, puede entenderse como la base de otras dependencias aún más graves. Drogodependencias y adicciones en general: Eva se “daba con todo” cuando se sentía aburrida.

En cualquier caso, el aburrimiento puede ser entendido como un síntoma que disminuye la capacidad creativa de las personas.

Nuevamente es a través del giro que la relación transferencial le permite dar que puede ir encontrando un sentido a su ser en el mundo. Cansada de sus artesanías y sus trabajos con distintos metales, decide comenzar a estudiar historia, terreno en el que destaca notoriamente por sus investigaciones sobre las tumbas faraónicas y en general, el tratamiento de la muerte en el antiguo Egipto. La muerte retorna a su vida después de rondar alrededor de ella permanentemente, pero este retorno está más del lado de la sublimación, y recordemos lo ya dicho de Melanie Klein: “…el simbolismo no sólo constituye el fundamento de toda fantasía y sublimación” Es su paso por lo simbólico lo que le permite sublimar.

            En el desarrollo normal, durante la posición depresiva, paralelamente al inicio de la relación con la “realidad objetiva”, se produce el comienzo del área transicional con la aparición del objeto transicional en lo que será el inicio de la simbolización.

El objeto transicional es el primer símbolo, representa la confianza en la relación con la madre y sirve de alivio a las ansiedades depresivas normales de esta época. Aquí puede producirse otra falla: si está comprometida la creatividad inicial, la experiencia de creación del objeto transicional queda anulada o disminuida, o frente a algún problema posterior con el objeto externo que le quite vitalidad al objeto interno o lo transforme en persecutorio, producirá la pérdida de la transicionalidad.

El inicio de la cadena simbólica entonces, corre riesgo. La posibilidad de usar símbolos (y creer en ellos) para poder elaborar las múltiples experiencias de ausencia de los objetos a lo largo de la vida, queda comprometida y no va a haber elementos suficientes en el área transicional que permitan entre otras cosas: elaborar duelos,  producir síntomas a través de mecanismos neuróticos, por la ausencia de simbolización o  crear sueños para la elaboración psíquica de los traumas.

Dejamos para otro espacio todo aquello referente a la simbolización en el proceso terapéutico con pacientes neuróticos, donde la interpretación de los símbolos adquiere otra dimensión, tanto con niños, adolescentes o adultos. Para dejar ese espacio abierto a la reflexión vemos que Jung insiste en el doble valor de la interpretación psicológica, no sólo por los datos que facilita sobre el material nuevo y directo, de sueños, ensueños diurnos y fantasías, relatos, obras de arte o literatura, sino por la comprobación que estos arrojan sobre los mitos y leyendas de carácter colectivo. Señala también que la interpretación de los productos del inconsciente tiene dos aspectos: lo que el símbolo representa en sí (interpretación objetiva) y lo que significa como proyección, como “caso” particularizado (interpretación subjetiva). Por nuestra parte, la interpretación objetiva es lo que denominamos “comprensión”, simplemente. La subjetiva es la verdadera interpretación, que consiste en la traducción del sentido más general y profundo del símbolo a un momento concreto particular, a unos casos determinados.

 “La interpretación psicológica es el término medio entre la verdad objetiva del símbolo y la exigencia situacional de quien vive ese símbolo. También interviene en variable escala la tendencia del intérprete, a quien será ciertamente difícil sustraerse de su orientación peculiar.”

En el encuentro que hoy nos convoca me pareció más interesante acercarnos a la problemática que se nos presenta cuando hay una falla de entrada en la función simbólica. Las posibilidades terapéuticas en estos casos tan difíciles, pero cada vez más frecuentes, son posibles siempre que el espacio terapéutico se plantee como un espacio donde el jugar pueda advenir.

Sea lo que sea que se pueda jugar en el espacio transicional que se genera entre analista y paciente, siempre hay que tener en cuenta que lo que allí está ocurriendo debe poder ser traducido, interpretado y por lo tanto historizado entre los dos jugadores, para que se puedan dar las posibilidades de que los pacientes que nos consultan puedan dar un sentido a su propia historia y así ser dueños de su propio deseo.

Joseph Knobel Freud
Marzo de 2006