El psicoanálisis con Adolescentes

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ADOLESCENCIA

 Los límites que separan la pubertad de la adolescencia son muy difíciles de determinar; en cierto modo los problemas de los adolescentes se diferencian de los de los púberes en una cuestión de cantidad, en la medida que el sujeto va creciendo se encuentra cada vez más alejado de los padres y de los objetos o figuras que hasta el momento le han proporcionado seguridad y estabilidad; su cuerpo continúa cambiando, creciendo, acentuando los caracteres sexuales secundarios,  a los que ahora el  muchacho y la muchacha deben adaptarse, siguiendo el camino que los llevará a asumir su rol de adultos. [12]

Para precisar un poco más estos difíciles límites entre una etapa y otra, podríamos decir, de acuerdo con varios autores, que la adolescencia es el período de tiempo que cada sujeto se toma para curarse de los cambios y crisis que la pubertad despertó e inauguró; este proceso de curación, configura en sí mismo una verdadera crisis, llena de inestabilidades y confusiones, pero también un momento extremadamente vital en el cual se asentarán las bases de lo que luego será un adulto, desde las primeras experiencias amorosas, las grandes amistades, las nuevas sensaciones corporales y las primeras e intensas decepciones, todo esto configura esta extraordinaria etapa de la vida que denominamos adolescencia.

Recordemos el imaginario cuarto del púber que describimos anteriormente, el adolescente poco a poco irá desplazando los afiches de Donald y sus amigos, cambiándolos según sus gustos y aficiones, por los de su equipo de algún deporte preferido, o los cantantes del  grupo de música que le emociona, los recuerdos de sus viajes o excursiones, las fotos reales de amigos o amigas en alguna ocasión fantástica, alguna reproducción abstracta puede ahora ocupar el lugar que antes tenían los desnudos, seguramente  el adolescente los ha desplazado hacia un cajón o lugar secreto donde acumula escenas o figuras que recrean sus momentos más solitarios, todo esto mezclado con un cierto aire de hiper-realismo en el ambiente, caracterizado por un montón de ropa acumulada en varios rincones, y un montón de carpetas y papeles dispersados por alguna parte, siguiendo un desorden que sólo el  propietario del lugar es capaz de tolerar y disfrutar.

 Esta habitación imaginaria, que representa de alguna manera el mundo interno de muchísimos adolescentes,  ha sido y suponemos que seguirá siendo, un motivo más que suficiente para generar verdaderas batallas entre padres e hijos. Mientras los padres no pueden tolerar el caos que ven,  los hijos reclaman el derecho a un espacio independiente y personal, las peleas surgen cuando mamá aprovecha una salida del hijo/a para imponer su propio orden y limpieza en el lugar, el adolescente se siente literalmente violado en su intimidad  y despojado de los mínimos derechos conseguidos frente al enemigo… Inútiles son entonces explicaciones que tiendan a una lógica compartida  tales como la importancia de la limpieza, los olores o el significado del orden, en otros casos, ciertos pactos permiten una convivencia menos violenta, se pacta para que el adolescente se haga responsable de sus dominios y territorios, pero la curiosidad de algunos padres es más fuerte que los pactos y la ausencia del joven igualmente se aprovecha para intentar encontrar algo que explique más  sobre el hijo. -\\\\\\\”Lo revisé todo, de arriba abajo, y no encontré nada interesante\\\\\\\”, comenta una madre ansiosa y preocupada por  no entenderse con su hija; \\\\\\\”-¿Qué esperaba encontrar?\\\\\\\”;    -\\\\\\\”No sé, cartas secretas o algo que me explique más sobre ella, porqué ella no me habla?\\\\\\\”;   la hija aún enfadada por la intromisión de la madre comenta: –\\\\\\\”Para que le voy a decir nada si igual no me cree…\\\\\\\”  La escena continúa,  para muchos se trata de una escena varias veces repetida, en este caso, como en otros tantos, lo que realmente buscaba la madre en la \\\\\\\”guarida\\\\\\\” de su hija era la constatación de que su hija mantenía relaciones sexuales con su novio,  la hija comenta después, a solas, –\\\\\\\”Jamás dejaría los condones en casa, mamá es una entrometida…\\\\\\\”

 El desorden del tiempo y del espacio.

Tiempo y espacio son dos categorías que todos tenemos adquiridas conscientemente y que resultan absolutamente necesarias para movernos por el mundo, lo interesante de estas categorías es lo que les cuesta a los niños adquirirlas, hacerlas suyas, moverse autónomamente por el tiempo y el espacio.   Como muestra de estas dificultades escuchemos lo que dicen los niños antes de los cinco años: siempre que se refieren a una situación del pasado dicen \\\\\\\”ayer\\\\\\\” y siempre que se refieren al futuro dicen \\\\\\\”mañana\\\\\\\”.

Lo que queremos destacar aquí, es que con todas las dificultades que estas categorías tienen en la vida de todos,  entender cómo se trastocan en el mundo adolescente, talvez como respuesta frente al mundo adulto, talvez como demostración de los procesos regresivos que se ponen  en funcionamiento, lo cierto es que estas categorías entran en una especie de caos que interfiere la comunicación con el mundo adulto y muchas veces la comunicación entre los adolescentes entre sí.

 \\\\\\\”No tengo tiempo!!\\\\\\\”; esta es una exclamación típica que podemos escuchar cientos de veces entre los adolescentes, no tengo tiempo para estudiar, no tengo tiempo para hablarle a fulano, no tengo tiempo para comprar ropa, para vestirme, para comer, para desayunar, para salir… Parecería como si el tiempo pasara a ser una categoría imposible de ser  domada por los jóvenes; algunas escenas de la vida cotidiana nos demuestran estos inconvenientes con el tiempo:  como entender sino la cantidad de tiempo que un adolescente se pasa frente al espejo arreglándose, mientras se lamenta desesperadamente que no llegará a la cita prevista por falta de tiempo;  de pronto el tiempo no existe para arreglarse y de pronto existe como límite de la realidad que anuncia el llegar o no llegar puntual a alguna cita, el tiempo de las conversaciones telefónicas parece distenderse en sí mismo, provocando la ira de padres que argumentan en vano caras cuentas de telefónica o una llamada en espera que nunca llega,  es absolutamente común encontrarse con un adolescente que acaba de despedirse de su íntimo amigo en la esquina, y que a los cinco minutos recibe la llamada del mismo para seguir charlando: -\\\\\\\”es que no tuvimos tiempo para hablar de tal cosa…·\\\\\\\” Se trata de un tiempo que merecería ser eterno a veces y a veces ínfimo, un tiempo que se desentiende de la realidad de los relojes o de las imposiciones paternas, cómo explicar sino el tiempo de levantarse, de dejar de dormir, de despegarse de la cama, frente al tiempo de ducharse, de peinarse, de preparar una comida… Todos estos temas llevan en sí una discordia respecto al tiempo; tomemos otro ejemplo: el tiempo del tiempo libre, de salir, del ocio, escuchemos a Linda: -\\\\\\\”hasta las tres de la mañana no hay nadie en la disco, así que me voy a casa de mi amiga que no están sus padres y allí nos preparamos para salir, primero vamos a X, a eso de las tres y media así no somos las primeras, luego a eso de las cinco nos pasamos a Z, y si la noche termina bien a las siete volvemos a casa…\\\\\\\”  El discurso de Linda es similar al de Tomás, Javier, Susana o Estela; el tiempo de la noche se estira para el consumo y satisfacción de los adolescentes y se les hace muy corto durante el  día, o para satisfacer otras necesidades.

En sus lugares de encuentro el tiempo \\\\\\\”pasa volando\\\\\\\”, \\\\\\\”no alcanza\\\\\\\”, allí se encuentran en un espacio sin noción del tiempo o del cansancio, se sienten como tripulantes de una nave que escapa de las realidades del mundo, navegan  por un tiempo propio sólo compartido por sus pares, un tiempo al que cuesta ponerle un límite, un final, muchas veces impuesto desde fuera y nunca de común acuerdo.  Las discusiones sobre la hora de llegada son ya un clásico en la dramaturgia familiar,  es como si los padres no se dieran por vencidos en una batalla contra el tiempo y que los hijos adolescentes se afirman por perpetuar tanto como su tiempo de ocio… Las negociaciones respecto a la hora de llegada  se transforman en cuestiones de estado, la armonía familiar parece quebrarse por unas horas de más o de menos: –\\\\\\\”vuelve a las tres\\\\\\\”, -\\\\\\\”pero papá si la fiesta comienza a las tres!\\\\\\\”, \\\\\\\”entonces a las tres y media\\\\\\\”, \\\\\\\” no llegaré a las seis\\\\\\\”, \\\\\\\”jamás, te esperamos a las cinco como mucho!\\\\\\\”, \\\\\\\”vendré a las cinco y media\\\\\\\”, \\\\\\\”de acuerdo, pero ni un minuto más, ni un minuto menos\\\\\\\”…

 La cuestión del espacio es similar, lo vimos cuando hablamos del espacio propio del adolescente, su habitación, pero la discordancia con un espacio más acorde con la realidad sigue siendo difícil; así como el niño antes de los seis años es incapaz de distinguir distancias  cortas y largas; el adolescente cae en la misma  indiferencia, igual le parece un viaje a Moscú que a Madrid, las distancias, tan cercanas al tiempo que se dilata o se acorta, sufren la misma desproporción que el tiempo:  -\\\\\\\” Me voy al festival de W este fin de semana\\\\\\\”, -\\\\\\\”pero W está muy lejos\\\\\\\”, \\\\\\\”no es cierto, sólo son 10 horas en coche\\\\\\\”…

Tiempo y espacio parecen categorías que el adolescente intenta controlar a su antojo; no en vano se trata de categorías que están íntimamente ligadas a su experiencia personal, su cuerpo ha cambiado por  el paso del tiempo, el niño que ha sido dejó lugar a otro cuerpo, a otras formas, a otras sensaciones que son novedosas.  Su relación con el espacio varía igual que el tiempo, su tiempo y su espacio esperan encontrar una estabilidad aún lejana, una estabilidad muchas veces impuesta artificialmente por la realidad pero que no acaba de ser aprehendida por los adolescentes, se sigue viviendo como impuesta y ajena a su realidad personal, muchas veces, no respetar esta acomodación personal al tiempo y el espacio genera o da lugar a malentendidos que se manifiestan en forma de verdaderos síntomas que comprometen tanto al adolescente como a su familia.

¿Estudias o trabajas?

 Absolutamente ligado al tema del tiempo y del espacio, aparece el tema del estudio  y del trabajo, o del estudio como trabajo, o bien del estudio para después entrar en el mundo del trabajo, o a la inversa el trabajo de cualquier cosa para no seguir estudiando. Todo esto no es un juego de palabras, sino un verdadero dilema que se le presenta, de un modo u otro, a todos los adolescentes.  Y no sólo a los adolescentes,  sino a los educadores que van a intentar que los jóvenes se entusiasmen con los estudios y que puedan entender que su paso por el instituto no es una pérdida de tiempo o el ocupar un espacio. No nos vamos a detener aquí en cuestiones que hacen a la pedagogía ni a la problemática del adolescente como estudiante (para ello contamos con los excelentes artículos de I.Gomez y de I.Orenzans), es necesario sin embargo puntualizar algunos aspectos que influyen poderosamente en esta etapa de la vida y que incluso pueden tener repercusiones durante toda la vida…

Vamos a tocar algunos de estos puntos escuchando a los mismos adolescentes.

Paco comenta: -\\\\\\\”a ver si a partir de ahora con la reforma cambia algo, yo tuve que elegir a los 14 años entre ciencias o letras, me había ido bien en castellano y fatal en mates, ¿qué iba a elegir entonces?, pero yo quería hacer algo con el espacio, no sé, astronauta decía de pequeño que quería ser, pero algo de eso me quedó porque me hubiera gustado diseñar naves o aviones y papá me decía que de eso no iba a conseguir trabajo nunca que estuviera menos en el espacio y más en la tierra; así que cuando me cargaron en mates y elegí letras papá se puso contento, pero después me dijo que yo elegía letras de gandul que tampoco iba a conseguir un buen trabajo haciendo letras, pero yo no sabía que elegir, el tutor me propuso letras mixtas pero para mí ya no servía nada, lo único que quería hacer era terminar el insti cuanto antes, ahora no puedo estudiar y estoy a punto de repetir tercero…\\\\\\\”.

Sin adentrarnos en la problemática personal de Paco, sus problemas con el padre y sus problemas de identidad, podemos preguntarnos ante este trozo de su discurso: ¿puede un adolescente, con toda su crisis personal, elegir a los 14 o 15 años la carrera que luego podrá realizar a partir de los 18 o 19 años?  Lo cierto es que con este sistema se le está demandando a los jóvenes, como mínimo, una cierta constancia, cuando ellos viven en un mundo rodeado de cambios de los que no se pueden abstraer: -\\\\\\\”no sólo nos obligan a estudiar, también nos obligan a elegir lo que queremos estudiar cuando seamos mayores…\\\\\\\”.

Pocos años más tarde aparece el problema de la selectividad, seleccionar mediante un examen único y bastante complejo y completo, el cupo de alumnos que puede asumir cada facultad.

El problema no es sólo el examen en sí,  generalmente los chicos y chicas llegan atemorizados a dicha prueba, los profesores del instituto, junto con las exigencias familiares y la presión de la \\\\\\\”única oportunidad\\\\\\\”, logran que este temor sea de grado máximo, a los alumnos del actual COU se les habla de la selectividad desde el primer día de curso, mientras que los alumnos del actual BUP saben desde el primer año que sus notas promediarán con la nota de selectividad; pero luego vendrá el intentar que la nota finalmente obtenida \\\\\\\”encaje\\\\\\\” o se aproxime con los deseos propios de cada uno respecto a las carreras universitarias a seguir,  así se consigue el que aprobar la selectividad no siempre signifique que se pueda entrar a la carrera que el alumno desea, entonces el alumno debe rellenar una lista de opciones universitarias que da lugar a situaciones tales como desear estudiar física cuántica y estar cursando el primer curso de filología inglesa, situaciones que van a colaborar en ese mundo de confusiones de ideales y perspectivas de futuro tan característicos de la adolescencia.