El psicoanálisis con Adolescentes

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Además, como una púber bastante típica, Sandra odiaba su crecimiento, lo negaba y lo intentaba tapar a cualquier precio:  se compraba camisas o camisetas de tallas bastante más grandes, o usaba enormes jerseys aún cuando hacía calor: –\\\\\\\”No aguanto mis tetas, no quiero ni que se noten, no quiero verlas ni que me las vean, por eso quiero usar ropa grande. Mamá insiste en querer comprarme sujetadores, pero eso son cosas de viejas y no de una niña de mi edad, mamá me dice que se me van a caer las tetas si no uso sujetador y yo le contesto que muy bien, que eso es lo que quiero, que se caigan y me dejen en paz…\\\\\\\” 

Finalmente se pudieron tratar estos y otros temas en sus entrevistas y Sandra pudo tener un desarrollo más adecuado a su edad y a sus deseos de separación de su propia familia.

Roberto

 Este chico de doce años estaba muy deprimido, no hacia nada que le gustara, comenzó a fracasar en el colegio, decía no entender nada de lo que explicaban sus profesores y menos entendía de los textos que le daban para estudiar; sus hermanos mayores intentaron ayudarlo y estimularlo, tanto en los estudios como en los momentos de ocio, igualmente nada le hacía gracia, prefería quedarse tirado en su cama en lugar de salir o hacer otra cosa. En esos momentos de soledad y aislamiento pensaba cuánto le gustaba antes su colección de soldaditos de plomo, allí los tenía, todos sobre el mueble de su habitación, los miraba con el cariño del recuerdo, pero tampoco se enrollaba con ellos, de tanto en tanto les dedicaba unos minutos para limpiarlos, pero luego los volvía a dejar en su sitio. Se sentía un poco como los soldados de colección, estático y atrapado en el tiempo, un tiempo que se le hacía largo y difícil de soportar.

 Sus padres, angustiados ante su actitud, lo llevaron al médico y éste los orientó al psicoterapeuta; con sus tres hijos anteriores esto no había sucedido, descubrieron que cada uno de sus hijos había atravesado su crisis puberal de manera diferente, el excesivo dormir de Roberto y su eterna mirada de tristeza, comenzó a preocuparles.

Roberto comenzó a hablar de su malestar ni bien pudo tener un lugar donde ser escuchado y no juzgado, primero contó la rabia que le daba cuando al contestar el teléfono cualquier interlocutor lo confundiera con alguna de las mujeres de su familia, esta preocupación nos llevó a poder hablar de todos los cambios puberales, la rabia por no haber cambiado la voz y no tener voz de hombre lo llevó a poder hablar sobre otros atributos masculinos que envidiaba terriblemente de sus hermanos mayores.

\\\\\\\”Cada mañana ellos se pasan horas en el lavabo, es porque se tienen que estar un montón de tiempo afeitándose y mirándose al espejo; yo odio mirarme en el espejo, estoy horrible, esta pelusa que me sale no es un bigote ni es nada, parece sucio, como si me hubiera lavado mal la cara, después estoy lleno de granos y mis hermanos se meten conmigo y me llaman granuja o cosas así. Después están los chicos de la clase, no hacen más que meterse conmigo, no aguanto sus bromas…\\\\\\\”. Esta intolerancia a las bromas de hermanos y pares nos

está hablando de lo intolerable de sus cambios, odia el espejo porque éste le devuelve la realidad de un cambio permanente, los modelos que tiene en casa le llevan a pensar más en una adolescencia ya asumida y consolidada que a disfrutar de los cambios que él va teniendo, donde Roberto ve una pelusa horrible y sucia, otros púberes ven un hermoso e incipiente bigote;  prefiere quedarse horas mirando los soldaditos de plomo que representan lo propio de su infancia, aquello que adoraba y coleccionaba, el desinvestimiento de todo lo del presente se puede entender como un rechazo absoluto hacia todo lo puberal, el hecho de ser el hijo menor de la casa profundiza aún más su rechazo al crecimiento; padres y hermanos recapacitaron sobre sus posturas ante el menor de la casa y pudieron reconocer como con sus actitudes y tratos lo mantenían colocado del lado del pequeño que tampoco querían perder.

Se trata una vez más de una respuesta bastante corriente como negación ante los cambios que significa la pubertad,  su lugar de ser siempre el excluido le revivió momentos de su infancia donde este sentimiento de exclusión había aparecido de manera más poderosa y lo había aislado a su manera, estático e impasible como un soldado de plomo.

Ester

Cuando Ester cumplió once años su cuerpo empezó a cambiar, y con su cuerpo ella misma.  No tardó mucho tiempo en quejarse de terribles dolores por todas partes. Primero comenzó con su barriga, los dolores le impedían comer y la llevaban a un estado de queja permanente.  Sus padres, preocupados, la llevaron al pediatra, quien a su vez recomendó una visita al gatroenterólogo, este especialista solicitó todo tipo de pruebas para descartar cualquier patología, así que desde muy joven Ester supo lo que eran las lavativas, las ecografías y las endoscopias; después de analizar todas las pruebas médicas los especialistas llegaron a la conclusión de que no tenía ninguna alteración y optaron por recomendarle una dieta sana y equilibrada; poco tiempo después Ester cayó gravemente enferma de los bronquios, fiebres muy altas y una tos persistente llevaron a la niña y familia a la consulta del neumólogo, éste curó con antibióticos la posible neumonía de la niña, pero no olvidó  derivarla a un alergólogo para descartar el factor alergénico; superadas todas las pruebas del alergista, consistentes en varios pinchazos diarios, Ester supo que era alérgica al polen y las frambuesas, pero su tos persistente le permitió no asistir a las clases de gimnasia del colegio, además de hacerse adicta a un jarabe expectorante que, de paso, le daba un poco de sueño. El sueño comenzó a ser cada vez más profundo y sus despertares muy costosos, al despertar comenzó a sentir terribles dolores de cabeza que no tardó en llamarlos migrañas, ahora tocaba la consulta con el neurólogo, quien después de un scanner y otras pruebas, decidió aconsejarle a los padres la consulta con un psicoanalista.  Para entonces tenía ya 13 años y medio y una historia clínica de varias páginas.

No son muchos los comentarios para hacer de este caso, talvez remarcar como, a veces, el cuerpo médico se coloca al servicio de las enfermedades imaginarias de los pacientes, reforzando en ese acto iatrogénico, una cantidad de beneficios secundarios [11] que el paciente recibe como recompensa.  La pubertad de Ester pasó entre enfermedades, lo que para ella era traducido como papá y mamá preocupados por su cuerpo débil y enfermo que la atendían como una enferma crónica y se ponían a disposición de sus caprichos y necesidades.    Obviamente, la actitud de rechazo frente a su propia pubertad se transformó en esta niña en una serie de somatizaciones que tenían a toda la familia preocupada por ese cuerpo. Pero se trataba siempre de un cuerpo a cuidar y sanar, nunca un cuerpo que cambia y se transforma, los padres encontraban también en ese cuerpo débil y en el discurso médico la respuesta que esperaban para no ver el cuerpo púber de su hija, así Ester siguió siendo cuidada como una pequeña hasta que el neurólogo actuó de otra manera.

El tratamiento psicoterapeútico le permitió a esta púber hablar de todos sus cambios y su postura ante los mismos, su miedo a crecer y separarse de los padres  y su miedo a compartir con sus pares sus alegrías y sufrimientos; sus migrañas, toses y dolores estomacales desaparecieron para dejar paso a un cuerpo en el cual ya le era posible vivir.

Sandra, Ester, Marc y Roberto no son más que nombres supuestos de chicos que atravesaron su pubertad de una u otra manera. Podríamos seguir con una lista interminable, tan larga como púberes haya en estos momentos, elegimos estos casos como demostrativos de la pubertad, pero insistimos que hemos hecho esta elección para mostrar algunos aspectos que devienen patológicos en esta edad de tránsito.  Nos dejamos a los púberes que no producen en su paso por esta crisis ningún síntoma peligroso o llamativo, tenemos sus ejemplos en la vida cotidiana y dialogando con ellos, con todos los púberes, abriendo un espacio de escucha especial para ellos donde tengan cabida todos sus fantasmas y todas sus ilusiones y desilusiones aprenderemos mucho más no sólo sobre ellos y sus historias, sino sobre cada uno de nosotros y nuestro paso por la vida.