El psicoanálisis con Adolescentes

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Taller en el marco del XXX Aniversario de la Facultad de Psicología en la Universidad Regional del Sureste. Oaxaca de Juárez, México (2012)

La pubertad es una etapa de la vida que hasta el momento ha sido poco considerada por la bibliografía especializada. En realidad muchos autores la colocan del lado de la infancia y muchos otros como simple preámbulo de la adolescencia; de este modo, las disciplinas que se ocupan de las diferentes etapas de la vida hablan de la pubertad centrándose en su vertiente más biológica, de hecho la etimología de la palabra pubertad también nos remite a los cambios físicos de esta etapa.[1]

Pero los cambios hormonales típicos de la pubertad no se dan de un día para el otro, y desde su irrupción en la vida de los niños y las niñas provocan en ellos y en sus padres verdaderas crisis personales y/o grandes cambios psíquicos que nos permiten aislar esta etapa y otorgarle un lugar más destacable del que se le ha dado hasta ahora.

Debemos pensar y advertir que el estudio de la vida emocional de los seres humanos desde la psicología evolutiva nos permite seccionar la vida en diferentes etapas o estadios, estos \\\\\\\”cortes\\\\\\\” no suponen en absoluto una autonomía entre una etapa y otra, todo lo contrario, debemos entenderlos como una sucesión de hechos y factores que están entrelazados unos con otros y que van a permitir que las siguientes etapas o crisis evolutivas tengan su explicación en etapas anteriores y su participación en las etapas posteriores del crecimiento de todo individuo; así que si nos detendremos a profundizar sobre la pubertad, necesitamos hablar de la infancia y remitirnos a la adolescencia, sin que ello signifique quitarle un lugar específico a la pubertad y sus crisis concretas.

Otra cuestión importante que debemos aclarar es que al hablar de etapas de la vida, obviamente, estamos haciendo grandes generalizaciones, esto no es del todo correcto, ya que no hay ni una sola persona que viva y se desarrolle igual que otra, en realidad estas generalizaciones las podemos hacer después de haber escuchado a una gran cantidad de niños, de púberes y de adolescentes, así como a sus padres y personas que están en contacto con estas edades, pero al ser generalidades se pierde la importancia que se debe prestar a cada individuo con su historia, su momento y la cultura y la sociedad donde cada sujeto ha crecido. (Por este motivo a veces resulta peligroso hacer generalizaciones, pongamos por ejemplo que decimos: “la pubertad comienza alrededor de los 12 años\\\\\\\”, cualquier persona que nos lea puede pensar que esto o aquello no le ocurrió hasta los 14 años, o que su hijo/a mostraba evidentes cambios puberales a los 10 años…)

Los seres humanos nacen totalmente indefensos, cuando un niño nace necesita de otro para poder sobrevivir, este otro, generalmente la madre, le proporciona al bebé todo lo necesario para su vida y crecimiento, lo alimenta, lo viste, lo cambia, le da calor, le da afecto y cariño, digamos que con todas estas funciones maternas el bebé está recibiendo una cantidad impresionante de estímulos y sensaciones nuevas, que van a ser la base, los pilares, de lo que será su funcionamiento físico y psíquico posterior.

Con sus cuidados, la madre no sólo le ofrece al hijo lo necesario para su supervivencia, conjuntamente con el padre, también le están ofreciendo un universo simbólico que constituye la base de todo su desarrollo emocional.

Aún antes del nacimiento, la madre y el padre han estado pensando ese hijo, primero lo desearon y frente a ese deseo lo buscaron y lo tuvieron, ese deseo de hijo los padres lo han tenido probablemente desde su infancia, y en el encuentro con su propio hijo confluyen esos deseos infantiles con otros muchos deseos e intenciones y también con muchos temores y muchas dudas, que podrán ser explicitados o no, pero que jugarán un importante papel en el desarrollo del niño como hijo y de los padres como padres.

Vemos como desde el momento de nacer el cachorro humano depende completamente del mundo que le rodea, en esta primera infancia podemos hablar de un estado de dependencia total, poco a poco, el niño/a va creciendo y gracias a la interrelación que tiene con su madre primero y con los demás después, va adquiriendo cierta autonomía, va desprendiéndose de los cuidados y atenciones maternas, configurándose como una entidad propia, con sus propios deseos, sentimientos y sensaciones.

Este proceso que va de la total dependencia a la independencia total puede durar toda una vida, en la mayoría de los casos culmina con la adolescencia, pero se reedita permanentemente desde la vida adulta a partir del momento que surge nuevamente el deseo de procrear y la capacidad para lograrlo.

A lo largo de todo este proceso se dan momentos de separaciones parciales que en muchos casos resultan difíciles de superar, son vividos como verdaderas crisis personales, y pueden darse tanto desde el pequeño como desde los mayores que lo cuidan; en realidad toda separación implica una situación que involucra tanto a los padres como a los hijos, a veces, admitir que uno juega un papel importante en determinado conflicto, permite abordar el problema y acercarse a una posible resolución del mismo; hablemos de estas pequeñas separaciones que se van dando a lo largo de la infancia: el niño comienza a caminar, va sólo hacia los objetos, gracias a su nueva capacidad de trasladarse va a llegar a más sitios, se aleja un poco de los padres, en esos momentos podemos escuchar a una madre que dice: -\\\\\\\”Cuidado que te caerás!!\\\\\\\”, Y un bebé que parece responder más al miedo de la madre que a sus propias ganas de desplazarse y cae, llora y logra los brazos de la madre, para tranquilidad de la misma… esto hasta que esa madre le permite caminar y le puede fomentar incluso el desplazamiento, \\\\\\\”ve a buscar tal o cual cosa\\\\\\\”; los padres que toleran mejor las pequeñas separaciones van a responder de otra manera, en lugar de advertir los posibles peligros pueden felicitar a su hijo: -”mira que bien, ya puedes caminar!!\\\\\\\”, y el bebe va adquiriendo mayor destreza y soltura en sus movimientos…

Podríamos hablar de cantidad de estos pequeños momentos que configuran la infancia, en cada uno de ellos encontraríamos diferentes reacciones y siempre conectadas con la relación niño-adulto; tomemos por ejemplo la entrada a la guardería, la enseñanza del control de esfínteres, la entrada al colegio, las salidas con otros adultos, las salidas con otros amigos, todos estas situaciones pueden ser vividas de forma temerosa o con alegría, con pesar o con alivio, con tristeza o con indiferencia, pero todas en su conjunto van a ir construyendo la salida de la infancia, la salida de la dependencia de los padres, el principio de la autonomía total.

La pubertad es el momento de la vida donde comienzan las separaciones reales y concretas, los niños y niñas púberes comienzan a reclamar cierta distancia de los padres,  si hasta el momento de la pubertad ir a un parque de diversiones, a un cine o un teatro, constituían parte de las salidas familiares, es ahora que el púber precisa quedar con sus amigos, ver sus propias películas, salir con su propio grupo, alejarse un poco del contexto familiar, y decimos un poco porque todavía necesita también a su familia, y es dentro de esta ambivalencia de estar o no con los padres que se mueve el púber, colocado todavía en el mundo de los pequeños, comienza a querer experimentar el mundo de los mayores.

 Un ejemplo concreto de esto es el quedarse sólo en casa. Hasta determinada edad el niño necesita la presencia de alguien mayor que le permita sentirse cuidado y protegido, cada salida de los padres conlleva obligatoriamente el pedido de un \\\\\\\”canguro\\\\\\\”, ya sea un familiar o no, algún adulto debe cuidar del niño que se siente sólo ante la ausencia de los padres. A partir de la pubertad el niño prefiere quedarse sólo, no necesita que llamen a los abuelos o a la canguro,  las salidas nocturnas de los padres se transforman para los púberes en verdaderas aventuras personales que los enfrentan con su propia soledad, sus propios miedos y sus propios recursos para superarlos.[2]

Los colegios saben bien como las separaciones consisten en un verdadero aprendizaje, por eso cuando programan colonias infantiles van aumentando paulatinamente los días de ausencia de casa de los niños; ahora gracias a la reforma educativa, al acabar 6º curso, los niños de 12 y/o 13 años podrán realizar en plena pubertad el soñado viaje de fin de curso, todo un símbolo de la separación con la familia.

Pero la infancia no es sólo el momento de la vida en el que se aprende a tolerar las separaciones, gracias a la relación con los padres el niño va adquiriendo capacidades propias y compartidas con el resto de la sociedad; el mejor ejemplo de este aprendizaje diario es el lenguaje, el niño aprende a hablar porque es hablado por los padres, los adultos o los demás seres con quienes comparte su vida hablan entre ellos y el bebé escucha, y le hablan al bebé y le cuentan cosas y le hacen compartir lo que sucede y los sentimientos que se tienen, y el bebé sigue escuchando y construyendo dentro de él ese maravilloso poder que le permite el lenguaje, compartir, pensar, comunicar.[3]

Mediante el lenguaje y la comunicación, en todas las interacciones que tenga con los otros, el niño irá construyendo categorías mentales cada vez más complejas, estas categorías le permiten adquirir y comprender las leyes que regulan el funcionamiento social dentro de su propia cultura, de este modo, un niño va a poder distinguir entre lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer, entre lo lícito y lo prohibido, entre lo que es bueno y lo que es malo, entre lo propio y lo ajeno, lo posible y lo imposible; es en estas categorías donde mejor podemos reconocer el sello, la firma, la participación de cada uno de los padres como portadores de esa cultura que el niño integra.

 Los padres se amparan consciente o inconscientemente en la escuela a la que envían a sus hijos para que sea la institución escolar la que introduzca en la vida del niño las pautas y reglas culturales; de todos modos, el niño en la pubertad integra tanto los elementos que le son dados en la escuela como aquellos que observa y escucha en casa.

De todos modos al llegar la pubertad el niño pone en cuestionamiento todas y cada una de las reglas que aprendió en casa y en la escuela; es como si necesitara re-inventar sus propias reglas, junto con sus pares y ajenos a los aprendizajes anteriores.  Es bastante habitual observar, por ejemplo, como los púberes se inventan verdaderos idiomas nuevos y complicados para comunicarse entre ellos. Aún así, demuestran la necesidad que tienen de las reglas impuestas por la sociedad en sus gustos por los juegos reglados, a los que hay que seguir pauta por pauta y que suelen regular el  funcionamiento grupal y el tiempo libre de los pubescentes.

¿Poner en cuestión las reglas, las normas de convivencia, o sentir que se necesitan más que nunca?  Este es sólo un ejemplo más de cómo el púber  se encuentra en una permanente oscilación, la ambivalencia es notoria en esta edad y sobretodo en estos temas.  El  púber pone en cuestión las reglas y/o normas del mundo adulto porque necesita re-inventarlas, hacerlas propias pero desde otro lugar, el suyo y no el de los padres y otros adultos.  A lo largo de su crecimiento el niño ha aprendido de sus adultos, de su medio, una serie muy larga de normas o leyes que van desde las maneras que puede utilizar para comer hasta como se debe saludar,  que hora es la indicada para dormir, que ropa es la necesaria para salir según las ocasiones y la temperatura,  y un largo etc.; todas normas que van a facilitar la convivencia del niño con su familia y que forman parte del patrimonio que el niño lleva en su conducta cuando llega la pubertad.   Es entonces cuando va a enfrentarse a estas normas de un modo u otro; pero ¿qué sucede si estas normas no le han sido enseñadas al niño? ; en primer lugar no tendrá a que enfrentarse, la soledad y el abandono que esta falta de cuidados implica va a tener que tener una respuesta en patologías mentales muy severas.

La cuestión de las reglas y/o normas es un tema ampliamente estudiado por  quienes se ocuparon de los problemas individuales o familiares,  el equilibrio siempre necesario   para el aprendizaje de las normas socio-culturales  no siempre se toma en cuenta, la excesiva permisividad, es vivida por el niño como una falta de atención, y puede significar en  realidad,  una verdadera despreocupación por  parte de los padres; mientras que un exceso de autoridad, cierta desmesura a la hora de enseñar ciertas reglas, puede ocasionar graves patologías y ser también un modo encubierto de maltrato e intimidación de los padres respecto a sus hijos: Camila tiene problemas en el colegio, la tutora del curso se ocupó de averiguar lo que le pasaba, nunca traía los deberes hechos, parecía no prestar atención en clase, estar siempre en la luna; al hablar con sus padres estos comentaron que nunca le preguntaron si tenía deberes o no, tampoco sabían que horarios hacía su hija y no se preocupaban por sus actividades ni amigos. El caso de Camila como el de muchos niños nos permite pensar que su fracaso escolar no era más que un pedido de auxilio, una llamada de socorro para que alguien, algún adulto responsable, se ocupe de ella y de su falta de límites.

 Pedro siempre traía sus deberes, un niño ejemplar en lo que respecta a sus estudios, talvez demasiado perfeccionista (este suele ser un problema que no preocupa a la escuela, generalmente todo lo contrario), pero su problema aparecía a la hora del patio, incapaz de jugar con nada ni con nadie, la escuela citó a sus padres después de comprobar que éstos justificaban su ausencia a las colonias del grupo: -\\\\\\\”siempre le enseñamos a hacer cosas útiles, estudiar es bueno, salir de colonias no es productivo, nuestro hijo no necesita amigos, lo que necesita es estudiar mucho y nada más…\\\\\\\”

Entre Camila y Pedro, como dos ejemplos extremos, existe un número muy elevado de casos cuya problemática tiene que ver con los límites y la posibilidad que tienen los padres para transmitirlos y enseñarlos, lo cierto es que de un extremo al otro, llegada la pubertad, estos aprendizajes familiares sufrirán un proceso de transformación hasta que sean finalmente metabolizados por los  púberes y los adolescentes.

A esta edad, su necesidad de poner a prueba las reglas, y sobretodo los límites que estas reglas tienen, nos permite encontrarnos con situaciones de verdaderas \\\\\\\”guerras\\\\\\\” hogareñas:  Maite les comunica a sus padres que saldrá con dos amigas del cole; -\\\\\\\”iremos al cine a la función de las seis\\\\\\\”; los padres de la niña de sólo 12 años aceptan la salida después de un largo interrogatorio; -\\\\\\\”¿que película verán?, ¿quién tuvo la idea?, ¿dónde se encontrarán?, ¿cómo irás hasta el cine?, ¿quieres que te lleve?, ¿a que hora volverás? ; después de superar todas estas preguntas que tranquilizan a los padres, los mismos le sugieren a su hija que vuelva a las 8,  justo al acabar la película, comienza entonces un período de negociaciones, -\\\\\\\”no puedo llegar a esa hora, ¿puedo volver a las nueve?, tenemos que ir a tomar un helado después del cine\\\\\\\”, los padres sugieren media hora antes, a veces las negociaciones pueden ser por diez minutos antes o después, finalmente la hora de llegada queda fijada a las nueve.  Maite llega a las nueve y veinte, y se encuentra con una serie de castigos por \\\\\\\”robar\\\\\\\” veinte minutos a la hora indicada, en su calidad de púber no está haciendo más que probar los límites que las reglas tienen, y sus padres, en su posición de padres puberales, no hacen otra cosa que imponer las reglas que consideran justas y adecuadas.

 No existen jueces parciales para estas querellas cotidianas de los púberes frente a los representantes de la ley, cada uno lleva una razón inescrutable frente a la realidad del otro, talvez el período de negociaciones que cada norma conlleva se puede entender como un intercambio inter-generacional, que va a funcionar como un aprendizaje entre padres e hijos respecto a las nuevas situaciones que se están viviendo, y las que aún faltan por  vivir.

 Esta problemática, presentada con ejemplos de la vida con la familia, se presenta de igual modo en la escuela, cualquier educador que intente enseñar determinadas reglas,  no tendrá éxito si su postura  es demasiado autoritaria y rígida, ni lo tendrá si se presenta como demasiado permisivo y tolerante; le corresponde a cada educador encontrar un lugar adecuado para un diálogo operativo en su relación con sus alumnos, sin olvidar que su lugar es único, que no debe ocupar el lugar de los padres, ni el lugar de los pares en la relación que establezca con todos y cada uno de sus educandos.

La cuestión del tiempo libre es uno de los mayores problemas que nos encontramos en la actualidad respecto sobretodo a esta etapa intermedia que es la pubertad. Parece ser que la sociedad no les ha encontrado un lugar al que  puedan sentir como propio de su edad. Escuchemos a Susi, como en su tono reivindicativo protesta ante esta situación:

\\\\\\\” fíjate en la cartelera, ¿hay alguna peli para chicas de once años? Tienes las de super pequeños, que no te vas a ir a ver una de dibujitos porque queda fatal, bueno y además ya no me gustan, después están las de grandes que van a ver mis padres y sus amigos y después se quedan horas y horas hablando de una peli tope aburrida y que no se entiende nada o que va de política y así, las otras de grandes son de polis o de asesinos y me dan tope miedo, ¿qué me queda para ver? Me gustan las de amor pero muchas son prohibidas porque salen muchas escenas de sexo, ahora para hacer una peli de amor todos tienen que cardar, me quedan esas tontadas de todos los públicos y que es la típica nena que se va de vacaciones con su papá y se pasa las vacaciones ligando…\\\\\\\”  En la descripción de la actualidad cinematográfica de Susi no hay lugar para ella y sus congéneres, y si bien su discurso se puede escuchar como la insoportable levedad de ser una púber en esta época, donde nunca hay un lugar para ella, descubrimos en su descripción una cierta verdad que la hace sentirse desplazada y aburrida, Susi en su búsqueda de un lugar para su edad comenta en otra ocasión: –\\\\\\\” algunas amigas se van cada fin de semana al pueblo de los abuelos, yo tengo los abuelos en Barcelona y además no hacen otra cosa que ver la tele y comer. Algunas amigas se van al esplai, pero las tratan como niñas pequeñas y si protestan las ponen a cuidar a los más pequeños; otras se van con el centro excursionista, pero para eso te tiene que gustar la montaña…\\\\\\\”. El discurso de esta niña se hace cada vez más insoportable pero en su queja aparece una verdad que ella denuncia: no existen en la actualidad espacios propios para púberes, están en un lugar tan intermedio que no pueden ocupar ningún lugar.

En otro lugar hablaremos de los espacios para adolescentes y lo que ellos hacen con su tiempo libre, pero parece haber una queja que comienza en la pubertad en la búsqueda de lugares propios y se alarga hasta bien entrada la adolescencia donde los lugares de diversión y encuentro son el paradigma de la no-comunicación, música a tope, droga de diseño y mucho alcohol, son las propuestas más comunes para los adolescentes en estos momentos.

El problema que nos encontramos en la actualidad parece ser que la cuestión de la comunicación y el diálogo entre los púberes y sus padres, (y lamentablemente lo podemos ampliar a toda la infancia y la adolescencia) es que no existe, o se da en contadas ocasiones, talvez cuando es demasiado tarde para dialogar y profundizar sobre algunas cuestiones.

 ¿Por qué creemos que el diálogo es importante en estas edades?  Establecida así, esta pregunta carece de valor, en realidad el diálogo es importante en y para todas las edades y ciclos de la vida,  en la pubertad la falta de diálogo entre padres e hijos  puede llevar a una confrontación permanente que en lugar de enriquecer el crecimiento de padres e hijos los enfrenta a una situación de no-diálogo, de imponer posturas unos contra otros, en lugar de  acercarse unos y otros, la permanente confrontación, provoca desazón y aislamiento.

 ¿Cómo solucionar la falta de diálogo?  Esta es una pregunta que padres, educadores, adolescentes y púberes se plantean constantemente, ¿acaso hay solución?

En primer lugar es necesario destacar que el diálogo entre padres e hijos, así como tantas otras cosas de la vida cotidiana familiar, es algo que se aprende desde que el sujeto es muy pequeño, se trata de un modelo que los padres recibieron cuando eran niños de sus propios padres,  y estos a su vez de sus padres y así generación tras generación, con esto queremos subrayar que aquellos padres que fueron hablados y escuchados desde pequeños por sus propios padres, espontáneamente escucharán y hablarán con sus hijos, mientras que aquellos que fueron desplazados de un lugar de diálogo por sus padres y/o familiares, tendrán más problemas para comunicarse con sus propios hijos, repitiendo inconscientemente esa falta de lugar que ellos mismos padecieron en otra época y lugar.

 No podemos nunca hablar de una solución en concreto, cada familia debe encontrar sus modos de diálogo y las oportunidades que tiene para establecer comunicaciones fructíferas entre sus miembros; pero sí podemos afirmar que el primer paso a seguir, una vez confrontados a la idea de la falta de diálogo y lo necesario que esto es,  es pensar cómo y porque se interrumpió la comunicación (si ésta existió), o bien porque ésta no se da o no puede darse: Los padres de Germán me contaban como su hijo se cierra frente a toda posibilidad de diálogo, no contesta, se queda en silencio, no dice nada, \\\\\\\”cada vez que le preguntamos algo no responde\\\\\\\”, preguntados por sus preguntas llegamos a la conclusión que lo que ellos llamaban diálogo no era más que un extenso interrogatorio hacia el hijo, con la espera de respuestas seguras y concretas, lo que este niño reclamaba con su silencio era que también lo pudieran escuchar en sus dudas, en sus preguntas y misterios.

¿Porqué aseguramos que el diálogo en la familia es prácticamente inexistente en la actualidad?  Porque en la mayoría de los hogares se instaló con fuerza el enemigo del diálogo como un pariente más omnipresente y constante: la televisión. ¿En cuántos hogares se cena con la televisión apagada, en un ambiente favorecedor de diálogo? ¿Cómo explicar sino que los mal llamados \\\\\\\”programas familiares\\\\\\\” se emitan en la franja horaria que coincide con la cena?  Como explica Jordi: –\\\\\\\”Papá lo primero que hace al llegar a casa es coger el mando de la tele, empieza viendo el telediario y luego continúa viendo cualquier cosa: Lo que más le gusta es hacer zapping  y lo que más rabia me da es que no pregunta a nadie si queremos ver tal o cual cosa. Lo genial es cuando papá no está, entonces nos peleamos con mi hermano para ver quien tiene el mando, así podemos ver nosotros lo que queremos\\\\\\\”. [4]

La televisión no es sólo el medio que las familias actuales encontraron para obturar toda posición de diálogo, hablaremos del problema de los medios de comunicación de  masas más adelante, pero avanzamos el problema si pensamos en la cantidad de horas que un niño puede pasarse frente a la televisión en la actualidad, desde este punto de vista, debemos pensar en este \\\\\\\”pariente omnipresente\\\\\\\” como un poderoso medio de transmisión de cultura, de ideas y valores que adquieren un lugar importante en la formación del psiquismo de los niños.

Además de relacionarse con los padres y los familiares y las personas que los rodean los niños se relacionan con su propio cuerpo, el descubrimiento de lo propio y lo ajeno lo llevará a encontrarse con algo que le es completamente propio, los límites de sus sensaciones y estímulos, tanto internos como externos; el descubrimiento del cuerpo y su capacidad de generar placer o displacer según las circunstancias, es un descubrimiento apasionante y muy placentero, una tarea que no parece tener fin.

El cuerpo y las zonas que en él dan placer o displacer van cambiando y creciendo conjuntamente con los niños, las sensaciones recibidas por y en el cuerpo tendrán una representación mental determinada que lo pueden llevar al niño a repetirlas o intentar esquivarlas, en esta relación con su propio cuerpo también intervienen los deseos de los padres y sus acciones y actuaciones con el cuerpo de sus hijos van a desarrollar en los mismos los modos de relación y satisfacción corporales ulteriores.

Desde el nacimiento la madre o quien la sustituya va tocando permanentemente el cuerpo del bebé, lo mima, lo acaricia, lo cambia, lo limpia, pero en un principio sobretodo le da de comer, al darle el pecho y permitirle obtener su consumo, le permite obtener un importante placer en la zona oral; el bebé descubre primero el mundo con su boca, como un intento permanente de buscar el placer que le da cada mamada, el bebé investigador intentará reconocer los objetos por las sensaciones que le brinda en la boca, su sabor, su textura, todo será reconocido por sus labios succionadores, en esta época el chupete será un excelente reemplazante de la madre. 

A medida que va creciendo el interés por otras zonas de su cuerpo se hace más importante, cuando llega el momento oportuno de controlar la micción y la defecación, el niño está muy pendiente de sus esfínteres, otra vez, la relación con sus padres es importantísima, el niño prueba y comprueba los beneficios que le da el ofrecerle sus producciones a quien se las pide o retenerlas dentro de él para obtener un placer suplementario.

Una vez superada la etapa anal[5], el placer preponderante se dará por la estimulación de los genitales, todo niño o niña, comienza a sentir la excitación placentera  que le ofrecen sus genitales; esta estimulación genital viene acompañada por un gran descubrimiento del mundo exterior, los niños y niñas comienzan a ocuparse de los otros y descubren que existe una diferencia fundamental, niños y niñas no son iguales, la diferencia anatómica de los sexos se hace más que evidente y fomenta y promueve cantidad de fantasías y temores al respecto. Los varones descubren que otros seres no tienen pene y las niñas perciben que los genitales de los varones son diferentes; esta diferencia los lleva inmediatamente a investigar sobre las posibilidades y circunstancias genitales de sus padres, con estas comparaciones aparecen los grandes apasionamientos y los celos y la rivalidad con el progenitor del mismo sexo se hacen más que evidentes.

Los niños se percatan de la necesidad de un otro para obtener placer, tienen el  modelo de sus padres en casa y posiblemente los modelos que le ofrece la sociedad, comienzan a planear un futuro imposible: -\\\\\\\”me casaré con mamá\\\\\\\”; \\\\\\\”me casaré con papá\\\\\\\”, para finalmente aceptar las reglas que regulan el funcionamiento de la sociedad y que tienen en la prohibición del incesto su principal organizador.[6]